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La Casa Reloj

17 copia

Por doble partida esta es la primera nota acerca del conversatorio del espacio Preposiciones Urbanas. Primera por ser unísona al momento de su realización e igualmente primera por las cualidades del protagonista de esta cita. Luis Fernández de Córdova, sin duda, forma parte de los más relevantes exponentes de la cultura y arquitectura de esta ciudad. Llano y elocuente ha permeado en muchos de los intersticios que conforma hoy nuestra tectónica e incluso historia de este “pueblo”.

Refiero a Santa Cruz como “pueblo”, pues de las propias palabras del arquitecto nace la frase todavía de húmeda textura que refleja las calles mojadas para que no redunde el polvo. Casi inquietante resulta descubrir cómo este sencillo personaje ha vivido y participado de primera mano en la evolución de la cuadratura de calles apisonadas de tierra a la radial circunferencia de avenidas pavimentadas de nuestra localidad.

Seguro no hay mejor maestro que aquel capaz de enseñar a partir de entretenidos pasajes, haciéndonos volar en la recreación de nuestra propia historia. No hay conversación con “Lucho” que soporte la sed de quien queda con ganas de seguir aprendiendo de los pequeños detalles constructores de escenarios de la experiencia del arquitecto. Y esta es solo una arista de la personalidad de un hombre que a la vista podría lucir una obra casi ingenua, como alguna vez rezaron del caso de Alvar Alto. Sin embargo, al ver la faltante sección en la columna del edificio Los Arcos no podemos más que tener la necesidad de mirar al pasado con un respeto irreverentemente inútil como el de la cara desfigurada del ángel de la historia dibujado por Klee y descrito por Benjamin.

La obra de Lucho es extensa y pasa de lo más sencillo de la vivienda de condominios de clase media a gratas rarezas como su casa, edificios y la intervención conjunta con el arquitecto Mario Botta en el monumento a la cumbre de 1996. Como bien dice dentro de su arquitectura que definiremos como auténtica, “no ha pretendido más que lo correcto de un oficio”, meticuloso como el entretenido trabajo del tacto del tiempo en un relojero.

Entrando ahora al tema que nos trajo a este encuentro, vale la pena volcar la mirada a lo comentado y visto en este otro sujeto que es la Casa Reloj. Con mano en pluma sobre un iPad hemos visto reconstruir la historiografía delineada casi de manera arqueológica de la distribución de lo público, lo privado, lo social, lo particular, articulado en un patio que en su terrena estancia tiene el universo de un frondoso guapurú. La casa, sin embargo, traía consigo no solo el encargo de conservar este monumento natural, sino a la vez poner vista en el universo, tratando de generar algún tipo de relación astrológica, interés inherente al dueño del proyecto.

Y es que podríamos describir el proyecto haciendo un recorrido desde imágenes y planos, argumentar que se desarrolla en una planta en forma de I o doble T, que prima lo privado en el nivel superior por sobre lo social en el nivel del jardín. Decir también que es una vivienda austera de ladrillo visto, que se vuelca al interior manteniendo una sobria y esbelta fachada hacia la calle, que tiene allí solo dos volúmenes que se conectan en el vacío a casi triple altura del ingreso. Podríamos hablar de su galería, puentes, sus dobles alturas, de la limpieza de su salón amplio y sin columnas aparentes, describir su exótico jardín de helechos y esto no sería poco, pues es un bello proyecto hecho con buen oficio.

Sin embargo, me referiré a dos momentos de la charla en la que Fernández de Córdova hace alusión casi pasajera a gestos hermosos dentro de esta vivienda. El primero evidente como su propio nombre es el reloj de sol de su fachada (realizado por el dueño), que carga sobre si la sombra del digno envejecimiento de los materiales, ritos y vida de cada uno de los seres y eventos que trascurren en esta locación. Alto como el propio hombre se posa en lo alto, marcando el momento de ingreso de cada visitante.

El segundo gesto es casi imperceptible y menos comprensible al transeúnte desprevenido. Se trata de un pequeño cono invertido y de acero bajo la losa que une las alas de la casa que divide el patio. Y es a través de este cono y sobre las marcas en el piso de su losa inferior que transcurren infinitos instantes, mínimos como las olas que se extinguen cuando se nombran.

Su luz marca aquí un punto en el infinito tiempo. Su orificio tiene la acción inversa de la ventana moderna que espía al mundo en el sueño de su porvenir, es en cambio el minúsculo espacio en el que se derrama un astro para hacer mención de un ínfimo momento.

Esta es la Casa Reloj, una casa que contempla el tiempo de día y respira el rocío de las noches, realizada por un arquitecto que se divierte haciendo magníficas obras que se nutren de todo lo que él sabe, pero que sólo se pueden concretar en el lúdico dibujo de quien no piensa en ello.

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